Hoy la profesora llegó con yeso y vaselina para que hagamos
máscaras de yeso. La actividad me pareció interesante así que fui voluntaria
para ser la primera de mi grupo a la cual le cubrieran la cara con yeso.
Ninguno de mis compañeros había hecho esto antes así que a les dije más o menos
como se hacía, porque yo ya había hecho una antes en el colegio, y que tenían
que intentar dejar la máscara suave.
A medida que me iban cubriendo el rostro me iba sintiendo más
y más incómoda, no me podía mover, reír o hablar, en verdad me desagradaba esa situación, además tampoco me gustaba la sensación húmeda que dejaba el
yeso al estar en contacto con mi piel. Comprendí que iba a pasar un buen rato en esa posición y no podía sentirme
de esa manera todo el tiempo, por lo cual comencé a relajarme y ocupar técnicas
de meditación que nos habían enseñado días antes en una charla de la
universidad a la que había ido, gracias a eso logra calmarme y hasta disfrutar
el estar acostada sin moverme mientras mis amigos se encargaban de moldear y
preparar la máscara.
A pesar que después de un tiempo logre soportar la sensación
de atrapamiento que me causaba el hecho de tener una máscara sobre mi cara,
tengo que decir que lo que más disfrute fue la sensación de sacármela, sin
contar que se pegó un poco y al sácala dolió, porque pude respirar tranquila y
sentir el aire en mi cara. El resto de la clase fue bastante divertida haciendo
el trabajo de poner yeso en las caras de mis compañeros para que así todos tuviéramos
nuestra propia máscara.
No sé si lo volvería a hacer pero estoy ansiosa por
terminarla y pintarla en las próximas clases, creo que eso lo disfrutare mucho más
que el proceso de confeccionar la máscara y hacer que toma la forma de mi
rostro.



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